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Kiko Martínez, la garra y el coraje de un país

  • Foto del escritor: Luis Rodríguez
    Luis Rodríguez
  • 15 nov 2022
  • 5 Min. de lectura

El boxeador alicantino, de 36 años, enfrenta la recta final de su carrera y busca la gloria para retirarse siendo campeón mundial


Fotografía: El Confidencial

Manolo, mi compañero, es muy fan del boxeo. Le fascina el hecho de que Kiko Martínez vuelva a disputar un campeonato europeo, y acudió tarde al trabajo por ver a Kiko pelear. El rival era Jordan Gill, un rival a priori 'fácil' para Martínez, pero que venía siendo contundente en sus defensas y podía hacer saltar la sorpresa. En una de las conversaciones con un colega de turno, comienza a hacer sombra y le explica al son de la misma: "Y, sin nadie esperarlo, anoche apretó las siguientes tres rondas y noqueó a Gill de manera espectacular. Todos lo daban por muerto y, una vez más, lo ha conseguido. No aprenden, ni van a aprender jamás. A Kiko no hay que matarlo nunca", concluyó Manolo, visiblemente emocionado y con un montón de papeles por firmar en la mesa de atrás.


Cada vez que veo pelear a Kiko Martínez, me viene a la mente la profunda y tan personal escena de la cuarta entrega de Rocky Balboa, en la que el ficticio púgil se dirige a su mujer Adrian, preocupada, en las escaleras de su gran mansión, con las siguientes palabras refiriéndose al enfrentamiento en contra de Drago: "Para vencerme tendrá que matarme. Y para matarme necesitará coraje para ponerse delante de mí. Y para hacer eso también deberá estar dispuesto a morir". Y es que el alicantino no es de los que escucharás un 'no' por respuesta. Y nunca lo tendrán como favorito. En la mayoría de casos no lo ha sido, ni ha pretendido serlo. Martínez es como un gol en el 95 o como una operación a corazón abierto exitosa a un paciente en puertas de pasar a la otra vida; la emoción y la euforia de un país y de un pueblo incondicional y a quien siempre se les ha dicho que sus púgiles no tenían lo que hay que tener para llegar al estrellato. Incluso, a veces es un golpe de realidad: al tigre siempre se le va a ver manso detrás de un cristal, pero en la jungla es otra historia.


Canilles, en Granada, fue el lugar donde la vida mandó a Martínez nacer, pero fue Alicante quien lo vio crecer y convertirse en eso que es hoy. Un niño de calle, de padre y madre humilde, quienes tenían un bar y unos recreativos, se iniciaba siendo un niño en la disciplina del kickboxing. En casa siempre le transmitieron que la familia era lo primero, y esos valores que hoy inculca con orgullo a su propio hogar, le fueron transmitidos al niño que veía que el iniciarse en este arte marcial era la vía para acabar con los problemas en las calles donde Kiko Martínez se curtió.


Fotografía de: La Razón

40 peleas amateur, 38 ganadas por knockout fueron la carta de presentación para un chico quien su primer amor fueron el olor del cuero en unas manos y las vendas tocando y protegiendo con firmeza unas manos que, años más tarde, valdrían oro. La llegada de Martínez se produjo en una cartelera de Javier Castillejo, de quien se aleja poco hoy pero que supuso el inicio perfecto para un joven chico de Alicante que, como si de un joven león se tratase, venía con hambre. Hambre de gloria, de títulos, de demostrar al mundo y a sí mismo que era alguien especial.


En medio de una España confusa del año 2006, Kiko Martínez estamparía su nombre en el panorama europeo por primera vez. Fue su casa, Elche, la que vería marcharse a Martínez del pabellón con los brazos en alto, el cuero europeo rodeando su cintura y con el cielo del estrellato roto: una promesa había nacido. A mí me gusta hacer una comparativa de la carrera de Kiko con la buena crianza de un niño: con mimo y sin miedo, enseñándole que no hay que temer nunca a nada y que la fuerza y la confianza en uno mismo debe de ser el pilar fundamental en la vida de uno mismo. Uno se pone a reflexionar acerca de su carrera, y es totalmente lo expuesto. Es, en definitiva, una sólida y valiente carrera, que lo alza al olimpo boxístico español y reconforta su candidatura a ser uno de los mejores de la historia de este país.


Fotografía de: El Día de Valladolid

Cuando todo parece torcerse, cuando nadie apuesta por un histórico púgil español, Kiko tiene algo que muy poca gente puede presumir de tener: un incondicional círculo familiar que siempre se mantiene a su lado, en las buenas y en las malas. "En la preparación yo soy un monje; no duermo con mi mujer, duermo solo, tengo horarios y dieta estrictas, entreno como si fuera el último", expresaba Kiko en una reciente entrevista. El sacrificio es mayúsculo, y todo tiene un motivo hoy, con un Kiko curtido, maduro y con experiencia. Ahora todo tiene sentido, ahora las escaleras del ring se suben por su mujer y sus niñas. Niñas que, pese a mimar con extraño e incredulidad las heridas de su padre, tendrán la vida que Kiko no tuvo, porque la lucha de su padre hoy, con 36 años, es por y para ellas. Y por eso Kiko es un 'arma blanca'. No hay nada que más encienda la llama de un hombre que jugarse la vida por su familia, y así lo hace notar el alicantino.


La famosa encerrona de Leeds dejó a Kiko en el dique seco: 12 puntos de sutura y una cara condolida por los numerosos cabezazos de Warrington fue el parte de guerra, guerra donde perdió el título mundial, pero una guerra donde fue el verdadero ganador, donde todos sabían que en la ciudad inglesa se había cometido el robo a un campeón que lejos de poner excusas, volvió al gimnasio al son de una frase que retumbaba en su cabeza: "No puedo irme del boxeo de esta manera, no puedo".


Fotografía de: Diario SPORT

La gente no suele creer en que el Ave Fénix se reencarna en ciertas personas cuando más lo necesita. Creen que es sólo un mito, y que todo en la vida se da como se tiene que dar. Kiko es de las numerosas personas que demuestran cada día que ese espíritu y afán de ganar, ese alma inexpugnable y el deseo de gloria, cuando más parecía acabarse, se interpuso con la fuerza necesaria como para volver a renacer a un Kiko que veía cerca su fin. Jordan Gill ha sido la primera víctima. Ahora, nombres como Warrington una tercera vez o Leigh Wood, pueden ser los siguientes en la última lista de Kiko Martínez para marcharse al retiro con el objetivo propuesto en su equipo, y que perseguirá por cielo, tierra y aire: marcharse del noble arte siendo campeón mundial.


Por sus hijas, por su mujer, por su esquina. Por aquellos que nunca se fueron de su lado. Por las caídas, las veces que se levantó y por todo lo que ha conseguido. Es la hora de poner el broche de oro a una carrera ejemplar, de idas y venidas, de altos y bajos, pero con un sólo campeón: Kiko Martínez y el entorno que jamás le dio por muerto. Recogerán mañana las cosechas de una carrera que lo catapulta al estrellato de los mejores púgiles de la historia de España. Que lo convierte, así, en la garra y el coraje de un país.

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